Donald Trump ha iniciado su segundo mandato presidencial con una visión del mundo que rompe de forma explícita con los consensos básicos que, con mayor o menor coherencia, han estructurado el sistema internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El giro no es solo retórico ni coyuntural: afecta a los cimientos del orden liberal construido en torno a instituciones multilaterales, alianzas estables y normas compartidas, pilares sobre los que Europa ha asentado su seguridad y prosperidad durante más de siete décadas. Para el presidente republicano, Estados Unidos se encuentra ante una amenaza existencial: la posible pérdida de su primacía global frente al ascenso sostenido de China, el desafío estratégico de Rusia y, de forma cada vez más explícita, la competencia económica y regulatoria de la Unión Europea, hasta ahora considerada un aliado natural. Bajo el lema de hacer “América grande otra vez”, Trump ha desplegado una política exterior agresiva, basada en la presión económica, el uso instrumental de los aranceles comerciales y la lógica de los hechos consumados. En su concepción, ya no existe una distinción clara entre aliados históricos y adversarios geopolíticos: todos son sometidos a un cálculo estrictamente utilitarista de costes y beneficios. El resultado es un clima internacional belicista, caracterizado por la militarización de las relaciones internacionales y el relanzamiento de carreras armamentísticas que evocan las tensiones más oscuras del siglo XX. El propio Trump explicitó esta visión en su discurso inaugural, donde anunció ambiciones abiertamente expansionistas. La idea de convertir a Canadá en el Estado número 51, la apropiación de Groenlandia y la recuperación del control del Canal de Panamá —con el objetivo declarado de desplazar a los operadores chinos de ese enclave estratégico del comercio mundial— no fueron meras provocaciones retóricas, sino señales de un giro doctrinario profundo. En ellas subyace una concepción del poder internacional basada en la fuerza y el dominio territorial, en abierta contradicción con los principios del derecho internacional contemporáneo. Trump no ha dudado en recurrir al arma de los aranceles para forzar a los países de la OTAN a incrementar su gasto en defensa, orientándolo hacia la compra de armamento estadounidense. Del mismo modo, ha autorizado acciones militares directas contra Irán, con el argumento de poner fin a la llamada guerra de los trece días con Israel, y ha impulsado operaciones en Venezuela con el doble objetivo de capturar a Nicolás Maduro —a quien acusa de narcotráfico— y asegurar el control de las mayores reservas de petróleo del planeta. Estas políticas han generado tensiones en múltiples regiones del mundo, pero su impacto ha sido particularmente corrosivo en Europa, el principal aliado estratégico y socio comercial de Estados Unidos desde 1945. Washington parece haber olvidado no solo la historia compartida, sino también la densa red de interdependencias que incluye decenas de bases militares estadounidenses en suelo europeo y cerca de 80.000 efectivos desplegados de manera permanente. La marginación de Europa de las grandes negociaciones internacionales se ha convertido en una constante. Los gobiernos europeos han sido excluidos de los contactos clave sobre una eventual salida negociada a la guerra de Ucrania, del rediseño del equilibrio de poder en Oriente Próximo tras el conflicto entre Israel, Hamás, Hezbolá e Irán, del futuro de Gaza y de las discusiones sobre la neutralización del programa nuclear iraní. Para Trump, las alianzas tradicionales son una rémora si no producen beneficios inmediatos y cuantificables. El mundo que imagina el presidente estadounidense es, en sus propias palabras, un escenario “gobernado por la fuerza, gobernado por el poder, gobernado por el dominio”. Esta visión remite a la concepción hobbesiana del estado de naturaleza, en la que el hombre es el lobo del hombre y la ausencia de una autoridad superior convierte la violencia en regla. En el plano internacional, esta lógica se traduce en la normalización de la impunidad del intervencionismo: ataques extrajudiciales, cambios de régimen, privatización de la paz y desprecio por los mecanismos multilaterales. Con ello, Trump ha abandonado la tradición principista de la política exterior estadounidense, basada en la defensa de la democracia, la autodeterminación de los pueblos y los derechos humanos, impulsada por presidentes como Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt o Jimmy Carter. Incluso supera el realismo clásico de figuras como Hans Morgenthau, Richard Nixon, Henry Kissinger o Ronald Reagan, quienes reconocían la necesidad de reglas compartidas para evitar el caos sistémico. En este contexto, Trump ha rescatado la Doctrina Monroe (1823) y su reinterpretación imperialista del corolario Roosevelt. El 2 de septiembre de 1901, Theodore Roosevelt proclamó: “Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”. Aquella consigna justificó décadas de intervenciones militares estadounidenses en América Latina y el Caribe. Trump ha actualizado ese legado bajo lo que analistas denominan la “Doctrina Donroe”. Su objetivo: convertir a América Latina en una esfera de influencia exclusiva de Estados Unidos, cerrada a la expansión de China. El giro unilateral y expansionista del presidente estadounidense reabre viejos fantasmas en el continente y obliga a la Unión Europea a repensar su seguridad, su autonomía estratégica y su lugar en un sistema internacional cada vez más regido por la fuerza. Simultáneamente, Trump ha exigido a Dinamarca y a la Unión Europea la cesión de Groenlandia, territorio autónomo danés y aliado histórico en la OTAN. Las amenazas de aranceles diferenciados y la presión militar han puesto en cuestión la supervivencia de la Alianza Atlántica. Para Trump, el control del Ártico, sus rutas comerciales y sus recursos naturales —incluidas las tierras raras— justifica cualquier coste político. La guerra de Ucrania es otro punto central de fricción. Mientras la Administración Trump busca una salida rápida, incluso a costa de concesiones territoriales y garantías de seguridad para Moscú, los países europeos mantienen una postura más dura. Informes de inteligencia anticipan un enfrentamiento directo con Rusia hacia 2030. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, comparó el escenario actual con las guerras mundiales del siglo XX: “Somos el próximo objetivo de Rusia”. En países como Polonia y España, la percepción de riesgo es elevada. Ante este panorama, Europa