Xabier Azkargorta Uriarte nació con bigote, como él mismo solía decir, y con esa personalidad que siempre escondía una broma. Con humor y cercanía rompía barreras para transmitir sus ideas, redefiniendo el fútbol y dejando una huella profunda en Bolivia. Su hazaña de clasificación será recordada por generaciones y, a una semana de su partida, su paso por esta tierra aún se guarda con cariño y respeto. En España, Azkargorta, médico de profesión, tenía la vida asegurada, como director técnico dirigió al Espanyol, Real Sociedad, Sevilla y Tenerife, equipos de la Primera División, debutando en este cargo a los 29 años, dirigiendo a futbolistas que eran mayores en edad y su apellido era referencia en el fútbol. Nada parecía suficiente para Azkargorta. Él quería seguir doblando paradigmas. Con la hoja de vida que había construido, el salto hacia un club más grande en Europa era la evolución natural… Hasta que llegó la oferta de dirigir a la Selección Nacional de Bolivia. Una campana sonó dentro del “Profe”, era una de esas contrariedades que pocos entenderán: un profesional del fútbol, o en cualquier rubro, sueña con llegar al Viejo Mundo, no con salir de allí para trabajar con un grupo de jugadores de un país pequeño y pobre, palabras que pintaban de pies a cabeza a Bolivia en los años 90, en pleno andar de la democracia. Xabier Azkargorta Uriarte nació el 26 de septiembre de 1953 en Azpeitia, España, en tiempos en que el país estaba bajo el régimen de Francisco Franco. El padre de Azkargorta, Francisco, fue detenido injustamente. Esa experiencia cambió profundamente al que sería el “Bigotón”. Tenía un gesto de afecto por los privados de libertad, a quienes llevaba material escolar o deportivo para que puedan realizar sus torneos dentro de la penitenciaria. Mientras tanto, las eliminatorias mundialistas rumbo a USA 1994 avanzaban a galope. Los grandes logros deportivos suelen alcanzarse con una dosis de locura e incredulidad. Cuando la campana sonó desde Bolivia, bastó con responder a ese llamado para que Azkargorta fuera visto como un “loco”: dejó todo y apostó su carrera por futbolistas con talento, aunque carentes de disciplina y compromiso, en un fútbol que se llamaba profesional, pero que en la práctica era bastante amateur. El presidente, en ese entonces de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF), Guido Loayza Mariaca, y Azkargorta pudieron cerrar el trato por teléfono, mandarse faxes del contrato, pero antes de la rúbrica, el vasco quería conocer Bolivia, respirar el poco oxígeno que hay en esta altitud, ver de cerca a las señoras de pollera, extender los brazos, tratando de tocar los cerros que cuidan a la ciudad de La Paz y mirar a los ojos a Loayza para conocer hasta dónde querían llegar en las clasificatorias mundialistas. Con el tema de la remuneración resuelta, viendo el rol de partidos, compartiendo grupo con Brasil, Uruguay, Ecuador, Venezuela y Bolivia, la duda de Azkargorta estaba en saber si iba a terminar como primero o segundo en la tabla. Ya instalado, uno de los primeros partidos que vio fue Bolívar contra San José, quedándose impresionado por los movimientos de Guillermo Peña, delantero de los santos, que le recordaban lo que él mismo hacía en esa posición antes de la lesión sufrida a los 17 años, la cual truncó su sueño de ser futbolista. También, puso atención en el desempeño del defensor Marco Antonio Sandy. El segundo partido que presenció en persona fue en Santa Cruz, entre Blooming y San José, donde destacó el rol del defensor Juan Manuel Peña y del delantero Jaime Moreno. La vida transcurría dentro del cuadriculado hasta que estalló el conflicto entre futbolistas y dirigentes por las deudas salariales. En España estos temas se resolvían de forma discreta, pero aquí el gremio instaló un paro que, para sorpresa de muchos, se prolongó durante meses. Sin competencia oficial, con Bolívar y The Strongest defendiendo el fútbol boliviano en la Copa Libertadores apenas por seis semanas y sin solución a la vista, Azkargorta estuvo a un paso de regresar a su país, donde tenía más certezas. Su fe estaba siendo puesta a prueba El último intento era llevar a la Selección Nacional al Centro de Alto Rendimiento en San Cugat, España. Ahí, Azkargorta se volvió en el “Profe”, vaciando todo su conocimiento táctico sobre los jugadores y recordándoles que antes de futbolistas eran hombres, que sentían y tenían sueños, donde las excusas quedaban a un lado y donde el “aquí y ahora” te ganaba partidos. Después del 7-1 a Venezuela en Puerto Ordaz, en la esquina esperaba Brasil, partido que se iba a jugar en el estadio Hernando Siles, donde se volteó taquilla. Como en la antigua Roma, la gente se instaló en primera fila para ver el desenlace. Aunque el entusiasmo era enorme, dentro había esa vocecilla que le daba más crédito a los verdeamarillos. Con el famoso Pelé como comentarista, Brasil fue vencido 2-0 en un partido histórico. “Hasta el campeón del mundo ha caído en La Paz. ¡Viva La Paz, carajo!”, cantó luego el grupo Kachas, inmortalizando la hazaña frente al tirano del fútbol. Ese triunfo marcó el giro hacia el Mundial de Estados Unidos. Y en esa jornada nació “El Bigotón”, apodo surgido en el vestuario en una ocurrencia de los futbolistas, convertido en estribillo que aún hace saltar de alegría a los aficionados. Ese día también, Dios y el Diablo hicieron un pacto: Bolivia acabó con un invicto de 40 años. Meses después, la factura llegó con intereses a Marco Antonio Etcheverry, quien sufrió una lesión que lo mermó para la Copa Mundial USA 1994 y fue expulsado contra Alemania (0-1). Tras el Mundial, Azkargorta regresó a su país. Muchos pensaron que lo más acertado era que siguiera dirigiendo a la Verde, pero él entendió que era momento de tomar distancia. Alrededor suyo se había formado una imagen de mesías que lo rebasaba, y recordaba que hubo uno… y lo mataron. Azkargorta llegó como el médico de cabecera cuando el fútbol boliviano estaba