Las muertes de cinco madres
Hace 39 años y medio, cinco mujeres se forjaron tras el dolor de un asesinato. Ellas, así como las heroínas de la Batalla de la Coronilla, pusieron el pecho para enfrentar la feroz intimidación del poder político y la lenidad de la justicia. Hoy, en el Día de la Madre, sus nombres irrumpen en la memoria. A Lucila Terceros las muertes le llegaron como un huracán. En menos de una década, entre 1983 y 1986, perdió a su esposo y a sus hijos Juan José y Edmundo. Edmundo Salazar Terceros fue asesinado a fuego de metralla cuando ingresaba a su domicilio, ubicado en la avenida Mutualista, en Santa Cruz. El legislador por el Frente Revolucionario de Izquierda había denunciado, en noviembre de 1986, que el Movimiento Nacionalista Restaurador y Acción Democrática Nacionalista estaban coludidos para impedir avances en la investigación sobre los nexos del narcotráfico con esferas del poder. Salazar Terceros aseguraba que tampoco existía la intención de esclarecer el triple asesinato del científico Noel Kempff Mercado, de Juan Cochamanidis —piloto de la avioneta— y de Franklin Parada, quien cumplía funciones de guía durante la expedición de septiembre de 1986 a la meseta de Caparuch, en el entonces llamado Parque Nacional Huanchaca, en San Ignacio de Velasco, Santa Cruz. Edmundo Salazar, como miembro de la comisión investigadora del Congreso, sostenía que existía una protección al narcotráfico que escapaba al propio Ejecutivo y que involucraba directamente a la DEA y a la Embajada de Estados Unidos. Señaló sin miedo al ministro del Interior (ahora Gobierno), Fernando Barthelemy, de encubrir y dilatar la llegada de ayuda tras conocerse el triple asesinato ocurrido en septiembre de 1986. Tras leer sus conclusiones preliminares ante la prensa cruceña y entregar el informe al rector de la Universidad, Jerjes Justiniano, Salazar fue acribillado en noviembre de 1986. El calendario marcaba el 31 de diciembre de ese mismo año. Mientras los cruceños y los bolivianos se preparaban para recibir el Año Nuevo, Lucila expresaba un dolor semejante al de parir un hijo… o perderlo. Estas son las líneas, escritas en máquina antigua: «(…) He venido siguiendo paso a paso la actuación de las autoridades que se han comprometido con la investigación, jefaturizadas por el ministro del Interior (Fernando Barthelemy), pero en lugar de tener alguna satisfacción, veo con asombro que la administración de justicia se distorsiona, diluyendo los hechos y tratando de sepultar la verdad como si esta no tuviera su propio brillo (…) Como madre humilde, a quien le costó formar debidamente y ofrecer a la patria hijos dignos y comprometidos con ella, me duele perder del modo ignominioso como perdí a mi hijo. Entrando el nuevo año (1987), deseo que las promesas del Gobierno y sus representantes de llegar a las últimas consecuencias se cumplan. Que se ponga punto final a la inmoralidad, la corrupción y el prevaricato que está hundiendo a nuestra patria». Cada fin de semana recibía, sin falta, en su quinta de Cotoca, la visita de su nuera María Elena y de sus tres nietos: María Claudia, María José y Juan José Edmundo. Pero, como el tiempo es implacable, también terminó llevándosela en el año 2000. Tras los ritos del duelo, sus hijos ordenaron sus pertenencias y encontraron debajo de su colchón un centenar de recortes amarillentos sobre el caso de Edmundo. María Elena Oroza Werner estaba sin fuerzas. Era el día de su cumpleaños número 32. El calendario marcaba el 18 de noviembre de 1986. Ocho días antes, ella había perdido a su compañero de vida acribillado y quien permaneció en sus brazos antes de expirar. Los días posteriores al entierro fueron aciagos. María Elena llevaba poco tiempo de haber dado a luz a su tercer hijo, Juan José. Tanto era su pesar que volvió a registrar la partida de nacimiento del niño y añadió el nombre de Edmundo. Quedaron huérfanos María Claudia, de 3 años; María José, de 2; y Juan José Edmundo, con apenas unos meses de vida. Las fotografías de la época congelaron su imagen en un eterno presente: María Elena Oroza Werner viste una blusa manga larga de seda, una falda tres cuartos y zapatos de tacón pequeño. En la punta de los zapatos hay una hebilla dorada. Lleva el cabello recogido en media cola. Sobre el hombro izquierdo carga una pequeña cartera de tira larga y, junto a ella, un portafolio con documentos. María Elena Oroza Werner viste una chamarra negra de hombros anchos, tipo Miami Vice. Lleva una camisa clara y pequeños aretes sobresalen de sus orejas. Su rostro limpio está enmarcado por un trazo de cejas ni tan grueso ni tan delgado. Sus ojos son grandes y sus labios tienen un delineado natural. A un costado de sus manos descansa un portafolio con documentos. María Elena Oroza Werner viste una blusa manga corta de tono claro. Su cabello negro, tipo melena, está adornado por una vincha. Lleva pequeños aretes; en la mano izquierda, un anillo dorado y un reloj de malla metálica; y, del otro lado, un portafolio con documentos. Esta letanía la repitió durante ocho años en busca de justicia. Asistió a extenuantes sesiones camarales en La Paz, donde debía moverse de manera clandestina, yendo de casa en casa y resguardada por su guardaespaldas, Edmi Borja, debido a las constantes amenazas que recibía para que abandonara el caso. Soportó campañas para desprestigiar la memoria de Edmundo mediante testigos falsos, a decir de la familia, contratados desde las esferas del poder. Aún así, fue de reunión en reunión para conocer mayores avances sobre el caso de Salazar Terceros. Repartió su tiempo entre ese calvario y su trabajo en Cordecruz. Los fines de semana, junto a sus hijos, visitaba la quinta de Cotoca donde vivía su suegra, Lucila. Allí cosechaba hortalizas y se distraía con el olor a tierra, la comida ahumada y el aroma de los árboles frutales de mandarina y guayaba. A ratos, solo a ratos, escondía las lágrimas de dolor de sus hijas e hijo. En algún momento de su lucha,
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