
ADALBERTO AGOZINO
La imagen de los aproximadamente 80.000 militares estadounidenses desplegados en Europa ha adquirido un valor que trasciende ampliamente la dimensión numérica. Desde Alemania hasta Italia, Polonia, Reino Unido y España, esas fuerzas representan mucho más que soldados, aviones, buques o instalaciones. Son la expresión física de la garantía estadounidense sobre la seguridad europea. Por eso la revisión que está realizando el Pentágono ha provocado inquietud en las capitales europeas, incluso antes de que exista una decisión definitiva.
El proceso, iniciado en junio y acelerado en las últimas semanas, contempla entregar al secretario de Defensa, Pete Hegseth, al menos cuatro alternativas antes del 6 de noviembre, aunque la revisión completa debería concluir en diciembre. El documento interno que establece los llamados Terms of Reference demuestra que Washington no está realizando simplemente un ejercicio contable sobre el número de soldados que deben permanecer en Europa. Está reconsiderando la arquitectura misma de su presencia militar.
El expediente examina la cantidad y localización de las tropas, los costes, la rapidez con que podrían desplazarse, las bases disponibles y, especialmente, las condiciones de acceso, estacionamiento y sobrevuelo que los aliados ofrecen a las fuerzas estadounidenses. También incorpora las infraestructuras espaciales, cibernéticas y de inteligencia que permiten proyectar el poder militar norteamericano. El cuestionario enviado a los aliados pregunta, además, por el gasto en defensa, las adquisiciones militares, la cooperación industrial transatlántica y el grado de alineamiento con las prioridades de política exterior de Washington.
No se trata, por tanto, de decidir únicamente dónde habrá menos soldados. La cuestión es mucho más profunda: qué tipo de compromiso quiere mantener Estados Unidos con Europa y qué capacidades está dispuesto a conservar para garantizarlo.
La sombra de China sobre el Atlántico
La explicación más importante de la revisión se encuentra probablemente fuera de Europa.
Durante las últimas dos décadas, Washington ha desplazado progresivamente el centro de gravedad de su planificación militar hacia el Indo-Pacífico. El cambio no responde a una percepción de que Europa haya dejado de ser importante, sino a que China representa, desde la perspectiva estadounidense, un desafío de una naturaleza diferente y potencialmente mucho más determinante para el equilibrio mundial.
La Estrategia de Defensa Nacional estadounidense de 2026 establece expresamente la disuasión de China en el Indo-Pacífico como una de las líneas principales de actuación. El documento afirma que Washington pretende construir una defensa de denegación a lo largo de la primera cadena de islas, desde Japón y Filipinas hasta Taiwán, y reclama una mayor participación de los aliados regionales. Al mismo tiempo, señala que en Europa serán los aliados quienes deberán asumir el liderazgo frente a amenazas consideradas menos graves para los intereses estadounidenses, mientras Washington proporciona un apoyo más limitado pero crítico.
La formulación es particularmente reveladora. No dice que Europa haya dejado de ser estratégica. Dice que su importancia relativa ha cambiado.
El secretario Hegseth ya había expresado públicamente esa lógica al afirmar que, si los aliados europeos asumen una mayor parte de la carga, Estados Unidos puede concentrar más recursos en el Indo-Pacífico, al que calificó como su “teatro prioritario”.
La razón es sencilla. China dispone de una creciente capacidad para desafiar la libertad de acción militar estadounidense en el Pacífico occidental. Su modernización naval, sus misiles de largo alcance, sus capacidades espaciales y cibernéticas y su desarrollo de sistemas destinados a impedir o dificultar la aproximación de fuerzas estadounidenses a la primera cadena de islas obligan a Washington a distribuir de otro modo sus recursos.
Taiwán constituye el punto de máxima tensión. Durante 2026, las autoridades taiwanesas han advertido de que se está reduciendo el tiempo de alerta ante un eventual ataque chino, mientras Pekín mantiene una actividad militar prácticamente constante alrededor de la isla.
Eso no significa que Estados Unidos haya decidido prepararse para una guerra con China. Significa que el Pentágono debe disponer de fuerzas suficientes para disuadirla. Y la disuasión exige presencia, municiones, aviones, buques, inteligencia, defensa aérea, logística, sistemas espaciales y capacidad para desplegar rápidamente fuerzas desde Estados Unidos y desde las bases aliadas.
En esa ecuación, cada recurso comprometido permanentemente en Europa es un recurso que no puede utilizarse simultáneamente en Asia.
La propia documentación del Pentágono es explícita: Europa debe asumir el liderazgo frente a las amenazas que son más graves para los europeos, mientras Estados Unidos concentra su atención en las amenazas consideradas más importantes para sus intereses nacionales.
Rusia sigue siendo una amenaza, pero Washington la pondera de otra manera
Sería, sin embargo, un error interpretar la revisión como consecuencia de una supuesta desaparición de la amenaza rusa.
La guerra de Ucrania ha demostrado precisamente lo contrario. La OTAN continúa considerando a Rusia una amenaza de largo plazo para la seguridad euroatlántica. En la cumbre de La Haya de 2025, los aliados describieron explícitamente a Rusia como una amenaza de largo plazo y acordaron elevar drásticamente sus inversiones militares.
La cuestión es otra: ¿cuánto de esa amenaza debe ser enfrentado directamente por Estados Unidos?
Washington parece considerar que la respuesta europea debe ser mucho mayor que en el pasado. La paradoja es evidente. Rusia sigue siendo suficientemente peligrosa como para justificar un reforzamiento de la defensa europea, pero no necesariamente hasta el punto de justificar que Estados Unidos mantenga en el continente el mismo volumen de recursos que durante las décadas en las que Europa dependía casi exclusivamente de la protección norteamericana.
La diferencia es fundamental.
La OTAN dispone de más de tres millones de militares no estadounidenses, pero el problema europeo nunca ha sido simplemente la cantidad de soldados. Estados Unidos aporta capacidades que Europa no puede sustituir rápidamente: inteligencia, reconocimiento y adquisición de objetivos, mando y control, transporte estratégico, reabastecimiento, guerra electrónica, defensa aérea, logística y determinadas capacidades espaciales. La relevancia de la participación estadounidense reside tanto en la calidad de esas capacidades como en el número de efectivos.
Una retirada demasiado rápida podría, por tanto, generar un vacío mucho mayor que el que sugeriría la simple reducción de tropas.
Trump y la política del coste
La segunda explicación es política y económica. Donald Trump considera desde hace años que Estados Unidos ha soportado una proporción excesiva del coste de la seguridad europea.
Su argumento ha cambiado poco: los europeos disfrutan de una protección estadounidense que durante décadas no han pagado suficientemente. La Administración Trump quiere convertir esa crítica en una nueva distribución de responsabilidades.
La revisión del Pentágono encaja perfectamente en ese propósito. Washington está preguntando a los aliados si tienen planes creíbles para aumentar sus presupuestos, cubrir las capacidades que Estados Unidos pueda abandonar y facilitar el acceso a sus instalaciones militares.
La presión ya ha producido resultados. En la cumbre de La Haya, los miembros de la OTAN acordaron alcanzar el 5% del PIB anual en defensa y gastos relacionados con la seguridad para 2035: al menos el 3,5% destinado a capacidades militares esenciales y hasta el 1,5% a infraestructuras, resiliencia, redes e industria de defensa.
No es un cambio menor. Supone más que duplicar el antiguo referente del 2%.
Los aliados europeos y Canadá incrementaron en 2025 su gasto combinado en defensa básica casi un 20% en términos reales, y en 2026 la tendencia continuó.
Trump puede presentar ese aumento como una victoria política. Pero la lógica estratégica estadounidense va más allá. Washington quiere que los europeos desarrollen las capacidades necesarias para sustituir progresivamente aquellas que Estados Unidos proporciona en la actualidad.
La revisión constituye, en ese sentido, un mecanismo de presión. Europa sabe que cuanto mayor sea su dependencia militar de Washington, mayor será su vulnerabilidad ante una eventual reducción estadounidense. Y Washington sabe que cuanto más amenace con reducir su presencia, mayores serán los incentivos europeos para invertir.
El factor Irán y la política de las represalias
Existe, además, una tercera dimensión, mucho más coyuntural y personal: la relación entre Donald Trump y determinados gobiernos europeos.
La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán abrió una grieta inesperada dentro de la alianza. Washington reprochó a algunos países europeos haber limitado o retrasado el uso de sus bases y de su espacio aéreo para las operaciones estadounidenses. España e Italia quedaron particularmente expuestas en esas discusiones. El cuestionario del Pentágono incorpora ahora explícitamente las restricciones de acceso, estacionamiento y sobrevuelo, conocidas como ABO.
Es difícil determinar hasta qué punto las eventuales decisiones sobre tropas serán utilizadas como mecanismo de castigo. El propio Pentágono sostiene que la revisión pretende presentar diferentes alternativas y no ejecutar una decisión previamente adoptada. Sin embargo, funcionarios europeos sospechan que Washington ya ha decidido al menos explorar reducciones importantes.
Aquí aparece el componente más transaccional de la política exterior de Trump. Para la actual Administración, una alianza no se mide únicamente por los tratados firmados, sino por la disposición concreta de cada aliado a respaldar los intereses estadounidenses cuando Washington considera que están en juego.
El mensaje es inequívoco: quien quiera la protección estadounidense debe estar preparado para proporcionar bases, espacio aéreo, gasto militar, cooperación industrial y respaldo político.
Europa ante su propia responsabilidad
La gran paradoja es que la revisión estadounidense podría terminar fortaleciendo la defensa europea, precisamente porque obliga a Europa a afrontar una realidad que durante décadas pudo posponer.
Los europeos han incrementado sustancialmente su gasto. Alemania ha comenzado una transformación de su política de defensa; Polonia se ha convertido en uno de los principales inversores militares del continente; Francia y Reino Unido mantienen capacidades nucleares propias y varios países están reconstruyendo sus fuerzas terrestres y sus arsenales.
Pero gastar más no equivale automáticamente a ser capaz de sustituir a Estados Unidos.
La cuestión decisiva será si Europa consigue transformar los nuevos presupuestos en capacidades militares integradas, interoperables y sostenibles. Necesita más defensa aérea, municiones, transporte estratégico, inteligencia, sistemas de mando y control, guerra electrónica, reabastecimiento y capacidades de largo alcance. La OTAN ya ha identificado precisamente esas carencias en sus nuevos objetivos de capacidades.
Por eso una retirada estadounidense moderada podría resultar incluso beneficiosa para Europa. Una retirada brusca, en cambio, podría generar un problema estratégico antes de que los europeos estén preparados para asumir plenamente la responsabilidad.
El comienzo de otra relación transatlántica
La revisión del Pentágono debe interpretarse, en definitiva, como parte de una transformación más amplia de la política exterior estadounidense.
No parece probable que Washington abandone Europa. El propio Elbridge Colby reafirmó esta semana que Europa continúa siendo un “interés fundamental” para Estados Unidos. Pero añadió una precisión decisiva: Washington está dando prioridad al hemisferio occidental y a la primera cadena de islas del Indo-Pacífico.
Esa frase resume la nueva distribución de prioridades.
Estados Unidos no está necesariamente abandonando Europa; está intentando dejar de ser su principal garante militar. Tampoco considera que Rusia haya dejado de ser peligrosa. Considera, más bien, que los europeos están en mejores condiciones para enfrentarla y que China exige una concentración creciente de recursos estadounidenses.
El resultado puede ser una OTAN diferente. Una alianza en la que Europa tenga que proporcionar la masa convencional, mientras Estados Unidos conserve capacidades estratégicas críticas, inteligencia, tecnología, movilidad y disuasión nuclear. Una OTAN en la que Washington continúe presente, pero ya no necesariamente como el actor que sostiene por sí solo el edificio.
El verdadero interrogante no será cuántos de esos 80.000 soldados desaparecerán de Europa. Será qué capacidades permanecerán, cuáles serán trasladadas y, sobre todo, si los europeos podrán llenar los espacios que Estados Unidos deje vacíos.
La revisión militar del Pentágono es, por eso, mucho más que una reorganización de tropas. Es una prueba de estrés para la alianza atlántica. Y también el primer ensayo de una nueva división geopolítica del trabajo: Europa frente a Rusia, Estados Unidos frente a China y ambos, todavía, bajo el mismo paraguas de la OTAN. La cuestión que queda abierta es si esa redistribución de responsabilidades fortalecerá la alianza o si, por el contrario, terminará convirtiendo la autonomía europea en una consecuencia no buscada de la estrategia de America First.