La AfD deja de ser solo un partido de protesta de extrema derecha y sacude la política alemana

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La victoria de Alternativa para Alemania, con el 43,8% de los votos, no se explica únicamente por la inmigración ni por el malestar económico. Ulrich Siegmund consiguió convertir una elección regional en un plebiscito sobre Friedrich Merz, movilizar a antiguos abstencionistas y presentar a la extrema derecha como una fuerza capaz de gobernar sin renunciar a sus posiciones esenciales. El resultado abre una nueva etapa para Alemania y ofrece un inquietante precedente para la extrema derecha europea.

Hay elecciones que cambian gobiernos y otras que cambian el clima político de un país. La celebrada el domingo en Sajonia-Anhalt pertenece a la segunda categoría. Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8% de los votos, 20 puntos más que en 2021, y se quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta. La CDU del canciller Friedrich Merz, que gobierna el Estado desde 2002, cayó hasta el 17,2%, aproximadamente la mitad de su anterior respaldo. La participación alcanzó el 76,5%, un dato particularmente revelador: la AfD no se limitó a recibir votos de otros partidos, sino que consiguió llevar a las urnas a ciudadanos que habitualmente no participaban.

El resultado constituye la mayor victoria electoral de la derecha radical alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Pero su importancia no reside solamente en la magnitud del porcentaje. Por primera vez, una formación de extrema derecha se encuentra realmente a las puertas de gobernar un Estado federado alemán. El cordón sanitario que durante años mantuvo a la AfD fuera de los ejecutivos sigue vigente, pero su eficacia política ha quedado seriamente cuestionada. La cuestión ya no es si el partido puede ganar elecciones. Ha demostrado que puede hacerlo. La pregunta es si los demás partidos podrán seguir impidiendo que una fuerza que concentra casi la mitad de los votos gobierne.

El documento de análisis electoral elaborado antes de los comicios ya advertía que el resultado debía entenderse como la convergencia de varios factores: descontento con el Gobierno federal, debilitamiento de la CDU, preocupación por la inmigración, problemas económicos estructurales de la antigua Alemania Oriental y una campaña destinada a presentar a la AfD como una alternativa de gobierno y no solamente como una fuerza de protesta.

Un referéndum sobre Merz

La elección era regional, pero terminó funcionando como un referéndum sobre Berlín. Friedrich Merz pretendía recuperar para la CDU parte del electorado que había emigrado hacia la AfD mediante un discurso conservador más duro. El resultado sugiere que la estrategia ha fracasado, al menos en Sajonia-Anhalt. Los votantes que consideraban insuficientemente conservadora a la CDU encontraron una alternativa más contundente, mientras que aquellos que podían haber respaldado al centro-derecha no necesariamente se sintieron atraídos por su endurecimiento.

Siegmund no ocultó la dimensión nacional de la elección. Después de conocer el resultado afirmó que el triunfo constituía una señal para Berlín. Más revelador todavía fue su comentario durante la campaña: el propio Merz había sido, en su opinión, uno de los mejores propagandistas de la AfD. La impopularidad del canciller fue excepcionalmente elevada en el Estado; según una encuesta reciente, solamente el 9% de los electores se declaraba satisfecho con su política.

De este modo, AfD consiguió transformar una elección sobre carreteras, escuelas, empleo o administración regional en un juicio sobre la dirección de Alemania. El voto local adquirió una dimensión nacional y permitió canalizar hacia una sola papeleta un malestar mucho más amplio.

El territorio donde el progreso tarda en llegar

Sajonia-Anhalt ofrece un terreno particularmente fértil para esa estrategia. La reunificación transformó profundamente el territorio, pero no eliminó las diferencias de ingresos, productividad, estructura industrial y oportunidades laborales con los Estados occidentales. Más que una pobreza absoluta, existe una percepción persistente de atraso relativo y de que la prosperidad alemana se distribuye de manera desigual.

Los datos recientes permiten entender esa sensación. En 2025, el PIB del Estado cayó un 0,2% en términos reales, frente a un crecimiento del 0,2% en el conjunto de Alemania. El retroceso fue especialmente significativo en la industria manufacturera, con una caída real del 1,8%.

El mercado laboral tampoco ayuda a construir una sensación de seguridad. En agosto de 2026, la tasa de desempleo alcanzó el 8,2%, frente al 6,5% nacional, y 90.709 personas estaban registradas como desempleadas. La propia Agencia Federal de Empleo advertía de la debilidad coyuntural y señalaba que los trabajadores de origen extranjero contribuían de manera creciente a compensar el declive demográfico.

La inflación constituye otro componente de la frustración cotidiana. En agosto los precios aumentaron un 3,2% interanual, después del 2,7% de julio, con un incremento particularmente fuerte de la energía, cuyos precios crecieron un 11,7%. El comercio minorista, además, registró en el primer semestre de 2026 una caída real del 2,4%.

Y la pobreza relativa sigue siendo considerablemente superior a la media nacional. En 2025, el 21,3% de los habitantes se encontraba en riesgo de pobreza y el 24,1% estaba expuesto a riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 21,2% en Alemania.

Sobre este paisaje económico se superpone una memoria política particular. Una parte de la población de la antigua Alemania Oriental conserva la sensación de que la reunificación significó incorporarse a un sistema diseñado desde el Oeste. La AfD ha convertido esa memoria en un instrumento político: habla de abandono, de élites alejadas de las provincias y de una Alemania oriental que habría pagado un precio excesivo por transformaciones decididas en Berlín.

El efecto Siegmund

En ese contexto aparece Ulrich Siegmund, de 35 años, un político muy distinto de la imagen tradicional del dirigente de extrema derecha. Nacido en Havelberg en 1990, estudió psicología económica y administración de empresas, trabajó en el sector privado y es diputado regional desde 2016.

Su principal activo electoral no es tanto la radicalidad de sus posiciones como su capacidad para hacerlas digeribles. Siegmund habla con un tono afable, utiliza un lenguaje cotidiano y cultiva deliberadamente una imagen de político próximo al ciudadano. Durante la campaña recurrió incluso a símbolos de la Alemania Oriental, entre ellos los populares ciclomotores Simson, para construir una relación emocional con un electorado que se siente poco representado por las élites nacionales.

La estrategia contiene una paradoja fundamental. Siegmund ha moderado la forma de comunicación de la AfD mucho más que su contenido esencial. Su campaña proyectó una formación amable, racional y pragmática, pero el programa mantiene posiciones radicales en inmigración, energía, educación y política exterior. El ZDF resumió esa contradicción señalando que el tono de Siegmund era amistoso mientras el programa aprobado por la formación conservaba propuestas profundamente radicales.

Su programa contempla deportaciones inmediatas de personas sin residencia legal, centros adicionales para expulsiones, clases separadas para determinados hijos de refugiados y programas obligatorios de trabajo para solicitantes de asilo. También plantea reducir el peso de la radiotelevisión pública, eliminar determinados programas de financiación política y modificar profundamente la política energética.

En energía, la AfD propone detener la expansión de la energía eólica, terminar con determinadas subvenciones a las renovables y recuperar los vínculos energéticos con Rusia, incluida la reapertura de Nord Stream. En materia fiscal promete reducir impuestos y burocracia y limitar el crecimiento del Estado.

La inmigración continúa siendo, sin embargo, el núcleo identitario del proyecto. La AfD defiende una política de fuerte restricción de la entrada, deportaciones y «remigración». El partido cuestiona asimismo la política climática, se opone a buena parte de las políticas de género y mantiene una posición favorable a restablecer relaciones más estrechas con Rusia.

De la protesta a la adhesión

Quizá la clave más importante del resultado esté en lo que ocurrió fuera de los circuitos tradicionales de transferencia de votos. La AfD no solamente recibió antiguos electores de la CDU. Una parte sustancial de su crecimiento procedió de antiguos abstencionistas. La participación extraordinariamente elevada convirtió el descontento latente en participación efectiva.

Ese fenómeno explica por qué sería insuficiente interpretar el resultado como una protesta pasajera. La AfD consiguió reunir tres electorados que hasta ahora habían tenido comportamientos diferentes: quienes querían castigar al Gobierno, quienes comparten su ideología nacionalista y antiinmigración y quienes, sin identificarse necesariamente con todo el programa, creen que el partido ofrece una alternativa más eficaz que unas formaciones tradicionales debilitadas.

La transformación es políticamente decisiva. Un partido de protesta necesita que exista un adversario contra el cual votar. Un partido que se convierte en alternativa necesita convencer al elector de que puede gobernar. En Sajonia-Anhalt, la AfD ha dado un paso importante hacia esa segunda condición.

Una señal que atraviesa Alemania

La victoria tampoco garantiza que Siegmund vaya a ocupar la jefatura del Gobierno regional. La AfD tiene 39 de los 83 escaños y necesita apoyos. El BSW, con cinco diputados, puede resultar decisivo, aunque los partidos tradicionales mantienen formalmente el rechazo a cualquier coalición con la extrema derecha.

Pero incluso si Siegmund no logra gobernar, el efecto político ya se ha producido. La barrera psicológica ha sido superada. El electorado ha demostrado que está dispuesto a entregar casi la mitad de los votos de un Estado federado a una formación que durante décadas estuvo confinada al margen del sistema político. El propio análisis electoral del documento de referencia concluye que el problema de la AfD ha dejado de ser exclusivamente electoral y se ha convertido en un problema de gobernabilidad para Alemania.

El laboratorio europeo

La repercusión de Sajonia-Anhalt puede ser mayor fuera de sus fronteras. La lección que observarán Marine Le Pen en Francia, Giorgia Meloni y Roberto Vannacci en Italia, Nigel Farage en Reino Unido o Vox en España no será solamente que el malestar favorece a la extrema derecha. Será que una formación radical puede ampliar su electorado cuando consigue presentar un rostro más convencional sin abandonar las posiciones que constituyen su identidad.

Ese es probablemente el elemento más exportable de la experiencia de Siegmund: moderar el personaje, no necesariamente el programa; transformar una elección sobre problemas concretos en un plebiscito sobre el Gobierno nacional; y convertir a los abstencionistas en una reserva electoral.

El resultado alemán no permite afirmar que la extrema derecha vaya a ganar inevitablemente las próximas elecciones europeas. Italia demuestra que puede alcanzar el poder y estabilizarse, mientras Países Bajos muestra que también puede fracasar en el Gobierno. Francia, con Marine Le Pen al frente de los sondeos, será probablemente la prueba decisiva. Pero Sajonia-Anhalt ha proporcionado a los partidos radicales europeos algo más valioso que una victoria: un método.

La AfD ha descubierto que puede dejar de pedir al elector que proteste y empezar a pedirle que confíe. Esa diferencia, mucho más profunda que un porcentaje electoral, es la verdadera noticia llegada el domingo desde Magdeburgo.

Adalberto Agozino es analista en temas internacionales

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