
China y Bolivia están separadas por miles de kilómetros. Sin embargo, cuando el director de «La hija cóndor» veía las películas de Zhang Yimou, encontraba en los paisajes rurales chinos algo que le recordaba a su propia tierra.
Años después, el viaje ocurrió en sentido contrario.
Su película, «La hija cóndor», fue seleccionada para la competición del XIII Festival Internacional de Cine de la Ruta de la Seda, celebrado en Xi’an, donde finalmente obtuvo el premio a la Mejor Fotografía. Rodada en gran parte en quechua, nos transporta a los valles de Cochabamba para contar la historia de Clara, una joven que crece junto a su madre, una partera tradicional, y que un día decide abandonar su comunidad para descubrir la vida en la ciudad.
Para el director, contar esta historia en quechua era una cuestión de honestidad. Su familia procede de comunidades quechuas y, al llegar a las montañas donde más tarde rodaría la película, sintió que empezaba a comprender de dónde venía y a dónde pertenecía.
Pero volver a las raíces no implica aferrarse al pasado. «La cultura quechua pura como tal ya no existe», me explicó. En su película conviven el quechua y la música chicha, las montañas y el neón, las costumbres heredadas y las aspiraciones de una juventud que busca nuevas oportunidades en la ciudad. La tradición aparece como algo que cambia y se mezcla con nuevas formas de vida.

Y detrás de esta historia profundamente boliviana se esconde una conexión inesperada con el cine chino. Hacia el final de nuestra conversación, el director mencionó «Ni uno menos», de Zhang Yimou. En la película, una joven maestra sustituta viaja a la ciudad en busca de un alumno y recurre a una cadena de televisión. El cineasta boliviano me explicó que esa secuencia fue una de las referencias para la escena de la emisora de radio en «La hija cóndor».
Pero la presencia de la obra de Zhang Yimou entre sus referencias va mucho más allá de una escena. «Cuando yo veía las películas de Zhang Yimou, veía la similitud de la China rural y la Bolivia rural», recordó.
A la hora de buscar referencias para sus proyectos, el director no siempre encuentra lo que necesita en el cine europeo o estadounidense. También mira hacia Asia, especialmente hacia China, pero también hacia cinematografías como la vietnamita y la tailandesa, en las que reconoce paisajes rurales y procesos culturales que le recuerdan a determinadas realidades de Bolivia y Sudamérica.

No se trata de decir que esos lugares sean iguales. Lo interesante es el recorrido de las imágenes: una película hecha en un contexto lejano puede entrar en la memoria de otro creador, mezclarse con sus propias experiencias y reaparecer, transformada, dentro de una historia completamente local.
Durante la entrevista le conté entonces algo que no sabía: Zhang Yimou nació precisamente en Xi’an. «¿En serio? ¿Es de acá?», respondió sorprendido. Empezó a preguntarme si las primeras películas de Zhang Yimou estaban vinculadas con esta tierra. Al final bromeó con que tendría que buscar dónde estaba su casa.
La coincidencia era difícil de ignorar. Un director boliviano había viajado por primera vez a China para presentar una película profundamente arraigada en el mundo quechua y descubría allí que se encontraba en la ciudad natal de uno de los cineastas que habían formado parte de sus referencias.
Pero en Xi’an ocurrió también algo en sentido contrario. Después de las proyecciones, algunos espectadores chinos le dijeron que ciertos elementos culturales de «La hija cóndor» les resultaban sorprendentemente familiares. De pronto, aquel vínculo que había comenzado años atrás frente a las películas de Zhang Yimou encontraba una respuesta inesperada entre el público chino.
Y, sin embargo, «La hija cóndor» no busca esa conexión renunciando a sus particularidades. Clara pertenece a un lugar y a una tradición muy concretos, pero también siente la necesidad de marcharse, conocer otras realidades y descubrir quién quiere ser.
Al hablar de la decisión de Ana de dejar partir a su hija, el director recordó su propia juventud. Cuando decidió marcharse de casa, sabía que su madre hubiera preferido tenerlo cerca. Sin embargo, no intentó detenerlo.

«Anda, anda», le dijo, y aquel recuerdo personal terminó encontrando también su lugar en la película. Quizá sea esa una de las grandes virtudes del cine: una historia puede estar profundamente arraigada en una cultura y, al mismo tiempo, despertar emociones reconocibles al otro lado del mundo.
Una imagen puede viajar de China a Bolivia, mezclarse con una experiencia quechua y regresar años después convertida en otra película. En Xi’an, ese recorrido terminó cerrando, por casualidad, un pequeño círculo.
Jimena Li Yu
Reportera de CGTN Español