
El pasado 24 de junio, mientras Venezuela celebraba el feriado por el aniversario de la Batalla de Carabobo, un doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 sacudió el norte del país. En cuestión de segundos, tres de los cuatro edificios del conjunto residencial Caribe, en Caraballeda (estado La Guaira), se desplomaron. Dentro de una de esas torres de 12 pisos había una fiesta infantil.
Eduar Velázquez, de 24 años, seguía la celebración desde Colombia a través de una videollamada. En la pantalla vio a su mamá correr desesperada para proteger a su hijo pequeño, Massimo. Esa fue la última imagen que tuvo de ellos. “Era una fiesta infantil y en esa fiesta había 12 niños y una bebé recién nacida de cuatro meses, junto a su mamá y aproximadamente 15 adultos”, recuerda Eduar.
Desde ese momento, el silencio. Sin electricidad ni señal, su padre y Estefanía —la madre de Massimo— lograron llegar caminando hasta el lugar. En un video que le enviaron se escuchaba a Estefanía gritar entre los escombros y el humo: “Aquí estoy, estoy con ustedes”. Poco después le confirmó lo que nadie quería oír: el edificio se había hundido.
Ante el cierre del Aeropuerto Internacional de Maiquetía y el colapso de las comunicaciones, Eduar emprendió un viaje terrestre de casi 820 kilómetros desde Pereira (Colombia). Tardó 20 horas. En el camino, en aproximadamente 15 alcabalas, tuvo que entregar dinero para poder seguir. “Aunque les dijéramos que íbamos al desastre que ocurrió en La Guaira, no nos querían dejar pasar rápido”, denuncia.

A pocos kilómetros, en Catia La Mar, Leonardo Suárez también busca consuelo en la memoria. El 24 de junio cumplía 29 años. Ese día, poco antes del sismo, estaba en la barbería. Al regresar a casa encontró su edificio derrumbado.
En una playa cercana, donde su mamá atendía un quiosco familiar, perdió a su madre, a su esposa Kimberling, a sus dos hijas, a un sobrino y a la abuela de su mujer. Logró sacar a su esposa con vida entre los escombros. Antes de morir, ella le dijo que iba “al reino de los cielos”. Esas últimas palabras son ahora lo que lo sostiene.
“Antes de morir mi esposa, hablé con ella… me dijo que ella iba al reino de los cielos y me llevo eso en mi corazón”, cuenta Suárez con la voz quebrada. “Por más que mi corazón y mi alma estén un poco destrozados, gracias a ella y a sus palabras puedo afrontar esta realidad”.
El viernes 3 de julio, rodeado de unas cuarenta personas —muchas de ellas familiares de su esposa que viajaron desde Maracay—, despidió a sus seres queridos en una emotiva ceremonia. Reprodujeron la música que les gustaba, rezaron y soltaron globos al cielo. Las cenizas de los seis familiares descansan ahora en pequeñas cajas de madera sobre la arena.
“Soy una persona que está pasando por un terrible momento, pero gracias al amor de las personas que me han apoyado… me mantengo firme”, dice. “Sé que ella y mi familia van al reino de los cielos y solamente Dios y el amor de mi familia me mantienen de pie”.
Juan Andrade, de 27 años, perdió a seis integrantes de su familia en el edificio Caribe. “Yo no me voy a ir de aquí hasta que esto quede limpio y toda la gente que tenga sus familiares aquí pueda darles santa sepultura”, afirma. Junto a la entrada del conjunto residencial Caribe, los familiares escribieron con spray: “No se demuele”.
En medio de esa destrucción, un hombre sin identificar lleva dos días en el sexto piso de la torre D, gritando que no saldrá y que quiere morir allí. Otro vecino insiste en que sigue escuchando voces entre los escombros, donde murieron diez de sus familiares.
Los familiares de los desaparecidos no se rinden. Día y noche, con taladros, mandarrias y generadores, abren agujeros en las losas que cubren las ruinas. Lo hacen sin experiencia, con la ayuda de mineros del sur del país, rodeados por el olor de los cuerpos en descomposición y con muy poco descanso.
El último balance oficial registra 2.645 muertos y 12.666 heridos, aunque las cifras de desaparecidos siguen siendo inciertas. Entre escombros, humo y cuerpos sin vida, las familias se aferran a la esperanza de encontrar a los suyos, mientras La Guaira se convierte en símbolo de dolor y resistencia.
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