
No, no hay un error en la escritura. La heroína, la amazona, la rebelde nació como Juana Asurdui Llanos. ¿Y por qué escribir ahora de Juana Por una coincidencia escrita por la historia misma. Ella falleció el 25 de mayo de 1862, exactamente 53 años después del grito libertario de 1809, donde fue protagonista. Paradójicamente, murió en la misma fecha, pero en 1862, en el olvido y sin fundar la patria por la que luchó.

Juana, la verdadera, nació en enero de 1780 y fue bautizada el 26 de marzo de ese año en la iglesia de San Pedro de Montalbán, en Tarabuco.
El acta de bautismo especifica que la niña tenía dos meses de vida al momento de la ceremonia. Fue hija de Isidro Asurdui, de ascendencia vasca, y de Juliana Llanos, de raíces indígenas. Su madrina Rosa Sarate.
El detalle de su origen está en la biografía documentada por el historiador Norberto Benjamín Torres, quien recopiló los documentos que prueban la verdadera identidad de la heroína que empuñó su espada y liberó a dos naciones.
Benjamín Torres respaldó su hallazgo en la Partida de Bautismo, Partida de Matrimonio (19 de mayo de 1799) y Partida de Defunción.
Además, hay respaldo de investigaciones complementarias de los historiadores Hugo Canedo, Fernando Suárez Saavedra y Guillermo Calvo Ayaviri.
En una publicación de Correo del Sur se explicó que el apellido original es Asurdui, escrito con “s” e “i” latina.
Y que la forma “Azurduy” (con “z” e “y”) comenzó a usarse a finales del siglo XIX. El cambio se debió a que no se consultaron las fuentes primarias, y que la grafía Asurdui aparece como ella misma firmaba de su puño y letra.

Benjamín Torres reprochó “años de manoseo” histórico. Dijo que la historia oficial confundió a la guerrillera con Juana Azurduy Bermúdez (hija de Matías Azurduy y Eulalia Bermúdez), quien nació el 12 de julio de 1780.
Además, la investigación identificó que en 1780 nacieron al menos cinco mujeres llamadas Juana Azurduy.
Pero la indómita que debe reivindicarse es la que aprendió a montar a caballo con destreza; la que realizó labores de campo; la que habló quechua y aimara con los habitantes del mayorazgo de la hacienda de Cachimayu.

La que con altivez provocó su expulsión del Convento de Santa Teresa, donde intentaron “domesticar” su espíritu libre.
La que con su hermosura amazónica destacó en el campo de batalla al comandar más de 10.000 hombres.
La que creó su propia guardia personal, un escuadrón de élite de entre 25 y 30 mujeres combatientes conocidas como “Las Amazonas”, que peleaban con fiereza en la vanguardia.

La Juana Asurdui Llanos que contrajo nupcias con Manuel Ascencio Padilla y se unió con él en la epopeya de la emancipación.
La guerrillera que perdió la piedad con el enemigo realista tras cavar con sus propias manos las tumbas de sus hijos Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes.
La que trajo al mundo a su quinta hija, Luisa, a orillas del Río Grande en medio de un ataque, y que tuvo que saltar a las aguas para salvar sus vidas.
La que organizó la Batalla de Ayohuma, Tarvita, la Toma del Cerro de Potosí; la que lideró la Batalla de El Villar, donde atravesó el cuerpo del abanderado español. Ahí Manuel Belgrano le entregó su propio sable y fue investida como Teniente Coronela.
La que con su accionar estratégico permitió recobrar del dominio español ciudades fundamentales como Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz.

La que, tras una incursión cruenta, fue a recuperar los restos de su esposo —cuya cabeza fue exhibida como escarmiento— y que, pese a la descomposición, logró dar sepultura en una iglesia.
La que vivió dos repliegues: tras morir Padilla huyó a Salta, y en 1821 se retiró definitivamente tras el asesinato de Martín Miguel de Güemes.
La que no olía a jazmines, sino a sangre y dolor. Su cuerpo portaba las cicatrices de las múltiples campañas y enfrentamientos cuerpo a cuerpo que lideró durante más de una década.

La que fue homenajeada por Simón Bolívar, pero luego olvidada por un decreto que le negó participar en la fundación de la nueva patria.
La que, tras la derrota de Huaqui, vio cómo los bienes de los Padilla fueron confiscados y jamás restituidos.
La que regresó a Chuquisaca en 1825 y pasó 37 años entre estrados judiciales, acosada por deudas y pleitos, incluso con su propia hija.
La que sufrió el golpe final en 1857, cuando José María Linares le retiró la pensión vitalicia que Bolívar y Sucre le habían otorgado.

La que terminó sus días casi ciega y pobre, en una modesta pieza de la calle España, con un funeral de “cruz baja” acompañado apenas por cuatro o seis personas.
La que en 1961 fue localizada y trasladada con honores militares a un mausoleo, y luego a la Casa de la Libertad en Sucre, donde descansa junto a su esposo, Manuel Ascencio Padilla.
La que en 2009 fue nombrada Generala póstuma en Argentina y en 2011 recibió de Bolivia el rango de Mariscala, al reconocer su papel en la independencia.

Hoy, el monumento en la Plaza 25 de Mayo de Sucre, impulsado por el historiador Norberto Benjamín Torres, busca que se respete su verdadera identidad: la de Juana Asurdui Llanos, forjada en la lucha y en la guerra, cuya ferocidad fue condición de la libertad.
Y que, por amor y lucha compartida, decidió nombrarse de Padilla.
Por María René Cruz Moscoso
Texto elaborado con base en fuentes históricas, periodísticas y referencias cruzadas.
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