La apuesta económica de la OCS: ¿Puede Eurasia convertir el comercio en crecimiento compartido?

Facebook
Twitter
WhatsApp
LinkedIn
Telegram
Email
Imprimir

Durante gran parte de su historia, la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) ha estado definida principalmente por cuestiones de seguridad. Sin embargo, 25 años después de su fundación, su agenda económica resulta cada vez más difícil de considerar secundaria.

En 2025, el comercio de China con los demás Estados miembros de la OCS alcanzó los 523.500 millones de dólares, frente a los 12.100 millones registrados en 2001, según el Ministerio de Comercio de China. Esta cifra representó alrededor del 8 % del comercio exterior total del país. La inversión directa china en otros miembros de la OCS llegó a los 3.300 millones de dólares, mientras que se han establecido más de 30 zonas de cooperación económica y comercial en países de la organización.

Las cifras son considerables. Pero, por sí solas, no equivalen a una integración regional.

La gran pregunta es si la OCS puede transformar el creciente comercio y la inversión en una red económica regional capaz de generar capacidad productiva, y no únicamente intercambios comerciales.

De comercio a producción

La relación ya está avanzando en esa dirección.

El comercio de China con sus socios de la OCS abarca productos energéticos y agrícolas, así como vehículos eléctricos, baterías de iones de litio, productos fotovoltaicos y comercio electrónico transfronterizo. Las inversiones del país incluyen sectores como energía, minería, infraestructura, nuevas energías, automóviles y productos químicos, según el Ministerio de Comercio de China.

La relevancia no reside tanto en la cifra total de inversión como en sus posibles efectos indirectos: las fábricas pueden generar proveedores locales y puestos de trabajo, mientras que los parques industriales pueden conectar a los productores nacionales con mercados más amplios.

Sin embargo, gran parte de la cooperación económica práctica dentro de la OCS sigue estando impulsada por países individuales y proyectos bilaterales, aun cuando la organización ha desarrollado mecanismos multilaterales en ámbitos como comercio, inversión, finanzas, transporte, energía, manufactura y normalización.

Esto refleja la diversidad del grupo.

China aporta capacidad manufacturera y un enorme mercado de consumo. Rusia es un importante exportador de energía. Las economías de Asia Central buscan inversión, infraestructura y rutas más diversificadas de acceso a los mercados. India, por su parte, ha destacado la diversificación de las exportaciones, unas cadenas de suministro resilientes y un sistema comercial abierto centrado en la Organización Mundial del Comercio.

Estos intereses se superponen, pero no siempre coinciden.

La complementariedad genera oportunidades. No genera automáticamente consenso.

La conectividad tiene que ofrecer algo más

Para Eurasia, la integración económica depende, en última instancia, de que las mercancías, la energía y el capital puedan desplazarse de manera más eficiente a través de las fronteras.

El ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán es un ejemplo de los esfuerzos por ampliar las conexiones de transporte en Asia Central. La red logística más amplia también continúa creciendo. Según el Ministerio de Comercio de China, el servicio ferroviario de carga China-Europa operó 13.000 trenes durante los primeros siete meses de 2026, un aumento interanual del 17,6 %.

Pero un ferrocarril puede acortar un trayecto sin eliminar los procedimientos aduaneros, las diferencias entre estándares o las barreras regulatorias.

Por eso es importante el trabajo institucional de la OCS.

En 2025, la organización estableció su primer mecanismo de cooperación en materia de normalización, creando un marco institucional para la colaboración entre los Estados miembros. La iniciativa abarca ámbitos como la inteligencia artificial y la economía de baja altitud, y tiene como objetivo facilitar una mayor armonización de estándares.

La OCS también está avanzando en la cooperación aduanera. En julio de 2025, su grupo de trabajo sobre aduanas debatió la certificación electrónica del origen de las mercancías y el uso de sistemas de “Ventanilla Única”.

Para las empresas, estos no son simples detalles técnicos. Las diferencias en estándares y procedimientos aduaneros pueden elevar los costes incluso cuando la infraestructura física ya está instalada.

Si la infraestructura es el hardware de la integración regional, las reglas son su software.

Las finanzas son la prueba más difícil

El ámbito financiero quizá sea donde las limitaciones institucionales de la OCS quedan más claramente expuestas.

En la cumbre de Tianjin de 2025, los Estados miembros de la OCS interesados decidieron establecer un Banco de Desarrollo de la OCS e intensificar las consultas sobre su funcionamiento. Sin embargo, el banco todavía no está operativo.

En junio de 2026, representantes de Estados miembros y observadores, junto con la Secretaría de la OCS, celebraron en Shenzhen una cuarta ronda de consultas, en la que debatieron los principales elementos del banco y los próximos pasos.

Esto es importante porque un banco regional de desarrollo requiere algo más que un acuerdo político. Los gobiernos tienen que resolver, en última instancia, cómo funcionará la institución, cómo se financiará y cómo se gestionarán los riesgos.

La misma tensión atraviesa toda la agenda económica: el consenso político puede abrir la puerta, pero son las instituciones las que determinan si los proyectos pueden realmente cruzarla.

La calle peatonal de Nanjing Road, en Shanghai, llena de visitantes, 20 de junio de 2026. / VCG

Un modelo diferente de integración

Es poco probable que la OCS siga el camino de la Unión Europea.

La UE construyó un mercado único respaldado por profundas instituciones supranacionales. La Unión Económica Euroasiática, por su parte, ha buscado avanzar hacia una unión aduanera y un mercado común entre un grupo más reducido de miembros.

La OCS ha optado por un modelo más flexible, basado en la cooperación en múltiples sectores y, al mismo tiempo, en la preservación de las prioridades económicas nacionales. Su arquitectura económica incluye actualmente mecanismos formales en comercio, inversión, finanzas, transporte, energía, manufactura y normalización.

Esa flexibilidad es al mismo tiempo una fortaleza y una limitación.

Los Estados miembros pueden cooperar allí donde sus intereses coinciden sin necesidad de ponerse de acuerdo en todo. Pero los avances también pueden ser desiguales: la inversión bilateral puede profundizarse mientras que las normas aplicables al conjunto del bloque evolucionan con mayor lentitud.

Por tanto, la cuestión no es si la OCS puede convertirse en otra Unión Europea. La cuestión es si su modelo flexible puede generar suficientes resultados concretos como para tener un impacto a escala regional.

¿Qué significa realmente “crecimiento compartido”?

Una cifra comercial más elevada no equivale necesariamente a crecimiento compartido.

Para las economías de Asia Central, una mayor integración dentro de la OCS puede traducirse en nuevas rutas de exportación, inversión y oportunidades industriales. Para China, puede significar mercados y cadenas de suministro más diversificados. Para Rusia, puede abrir canales adicionales de comercio e inversión.

Pero estos intereses también pueden generar asimetrías.

Por ello, la verdadera medida del éxito debería ser más exigente que el volumen del comercio.

¿Se están volviendo más competitivas las industrias locales? ¿Se están creando nuevos proveedores? ¿Los proyectos de infraestructura generan empleo e inversión? ¿La tecnología y las capacidades profesionales están llegando a las economías receptoras?

En otras palabras, la cuestión no es simplemente cuánto comercio cruza las fronteras, sino qué capacidad productiva permanece después de que lo haga.

La parte más difícil empieza ahora

La OCS ha construido una base económica considerable. El desafío ahora es hacer que funcione mejor.

La facilitación del comercio requiere coordinación regulatoria. La normalización exige una mayor armonización. La infraestructura transfronteriza necesita flujos de carga comercialmente viables y una financiación fiable. Y un banco de desarrollo requiere acuerdos sobre su marco operativo y sus mecanismos financieros.

Nada de esto significa que una cooperación más profunda sea imposible. Pero sí hace que la dimensión económica sea más compleja de lo que sugieren las grandes cifras comerciales.

La OCS no necesita convertirse en un mercado único para adquirir un peso económico significativo. Su camino más plausible consiste en construir una red de economías complementarias: conectar los recursos con la manufactura, la infraestructura con los mercados y la inversión con el desarrollo local.

En última instancia, su éxito económico debería medirse con un criterio sencillo: si la cooperación consigue que sus miembros sean más productivos, estén mejor conectados y sean más resilientes, juntos.

Esa es la verdadera apuesta económica.

Nota del editor: Cheng He es periodista económico de CGTN. Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la postura de CGTN.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio