
Gilberto Vaca Hurtado nació entre fierros. En el taller de su padre aprendió que el metal podía ser herramienta y destino.
El 13 de agosto de 1961, a los quince años, junto a su padre acudió a auxiliar a un cliente. Al llegar al lugar, por el Colegio Nacional Florida, fue impactado por un jeep que —según relató— le “amasó la pierna”.
Tras el siniestro, los médicos no tuvieron otra opción que amputarle el miembro izquierdo. Pero lejos de sucumbir a la mutilación, el joven se reinventó.

“Cuando quería levantar pesas me apoyaba en un toco (palo grueso) para hacer pecho y brazo”, contó al periódico El Extra.
Los fierros que antes eran trabajo se convirtieron en su camino de vida.
Luego, con cemento y fierro fabricó sus pesas rústicas y así empezó a esculpirse en su gimnasio improvisado, instalado en el taller de su padre.
Dijo que se alimentaba de las revistas que llegaban de México. Su inspiración era el fisicoculturista José Castañeda Lince.

Cuentan que luego su entrenamiento se realizaba en el corazón de Santa Cruz, allí donde el estruendo de la ciudad se mezclaba con el eco de los hinchas futboleros del estadio Tahuichi.
Bajo esas gradas fundó un santuario de metal. No necesitaba reflectores para brillar. Los jóvenes de esa época se escapaban del colegio para verlo entrenar.

A los 21 años fue campeón nacional en La Paz y su verdadero dominio era levantar peso en la banca. En Potosí impuso su marca con 145 kilos.
En esa ruta del triunfo, en 1975 logró una medalla de plata en México, y su momento de gloria llegó en el Sudamericano de Chile 1980, cuando se colgó la presea de oro en la categoría de 75 kilogramos.
Aquel muchacho marcado por un accidente subía a lo más alto del podio. En 1977 decidió inclinarse por el fisicoculturismo.

En 1985, colgó las pesas de competencia, pero no el cinturón de maestro. Pasó a impartir sus clases en el coliseo de Villa Primero de Mayo.
“Papi”, como lo llamaban, no era solo un instructor: era un maestro que moldeaba cuerpos, disciplina y sentimientos. Su autoridad no emanaba de un decreto oficial, sino de una “humildad como el pan”.
Sus alumnos lo recuerdan como un “tipazo”, un ser de una “calidad humana impresionante” que enseñaba que “todo es posible cuando uno entrena de verdad”.
En el ritual diario de su gimnasio impartía lecciones que iban desde el uso de tabletas de hígado de res hasta consejos de vida que sus discípulos atesoran décadas después.

Gilberto Vaca Hurtado, impulsor del levantamiento de pesas y del fisicoculturismo cruceño, se fue de este mundo el 28 de abril de 2026.
Su partida dejó dolor y gratitud en cientos de mensajes que inundan las redes: “QEPD gran maestro y deportista”, “Dios lo tenga en su santa gloria, mi tocayo y mi maestro”.
Su tribu deportiva pide un reconocimiento que trascienda las palabras y que Santa Cruz cuente con un centro de entrenamiento que lleve su nombre.
Mientras, el eco de los fierros resuena en el infinito.
Créditos:
Periódico El Extra
Asociación de Fisicoculturismo Santa Cruz
Redacción:
María René Cruz Moscoso