¿Hacia dónde conduce Trump al mundo?
Muchos analistas internacionales se preguntan si las decisiones del presidente estadounidense Donald Trump responden a impulsos improvisados —y, por tanto, irreflexivos— o si forman parte de una estrategia geopolítica cuidadosamente diseñada para redefinir el equilibrio global antes de que concluya su mandato. La acumulación de medidas adoptadas desde su regreso a la Casa Blanca parece sugerir lo segundo: un plan coherente, aunque disruptivo, destinado a preservar la primacía de Estados Unidos en un sistema internacional cada vez más hostil. Al asumir nuevamente la presidencia, Trump pareció llegar a una conclusión central: el liderazgo global de Estados Unidos estaba siendo erosionado por el ascenso de una potencia rival. A diferencia de los tiempos de Ronald Reagan, cuando el “Imperio del Mal” era la Unión Soviética, el desafío estratégico del siglo XXI proviene de China. El gigante asiático no solo cuenta con una economía capaz de disputar la primacía tecnológica e industrial estadounidense, sino también con una red de aliados políticos y comerciales que amplían su influencia. Entre esos aliados destacan los países agrupados en el bloque de los BRICS, una plataforma formada por economías emergentes que busca reducir la hegemonía financiera occidental mediante iniciativas como la desdolarización del comercio internacional, la creación de mecanismos de crédito alternativos y un mayor uso de monedas nacionales en las transacciones globales. Un nuevo “eje” geopolítico En la visión estratégica de Washington, el sistema de alianzas que órbita alrededor de Pekín incluye a Rusia, Irán y Corea del Norte como pilares principales. A su alrededor se alinean socios menores —aunque geopolíticamente relevantes— como Venezuela, Cuba y Nicaragua. Estos países desempeñan un papel particularmente sensible para Estados Unidos porque se sitúan en el Caribe y América Latina, regiones tradicionalmente consideradas parte de su esfera de influencia estratégica. Desde la perspectiva estadounidense, su presencia allí constituye una amenaza directa en el llamado “vientre blando” del país. La cooperación entre estos Estados no se limita al plano político. También abarca acuerdos militares, intercambio de inteligencia y ejercicios conjuntos. En algunos casos incluye incluso presencia física de fuerzas extranjeras. Tropas rusas han sido desplegadas en Venezuela y Cuba, mientras que China mantiene instalaciones de seguimiento espacial y de guerra electrónica en territorio cubano. En febrero de 2026, el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el almirante Alvin Holsey, advirtió ante el Congreso que Pekín utiliza a Cuba como una “plataforma avanzada para la recopilación de inteligencia”. Según la administración estadounidense, estas actividades se remontan al menos a 2019 y han sido ampliadas en los últimos años. A esta red se suman otros indicios de cooperación estratégica. Buques iraníes han realizado escalas frecuentes en puertos venezolanos y cubanos, mientras que los intercambios militares entre Moscú, Teherán y Caracas se han vuelto cada vez más visibles. Los enclaves estratégicos de China en América Latina China también ha consolidado posiciones clave en América Latina mediante inversiones en infraestructuras críticas. Entre ellas destacan el control que empresas vinculadas al conglomerado hongkonés CK Hutchison ejercen sobre instalaciones en el Canal de Panamá, el megapuerto de Chancay en Perú —concebido como una puerta de entrada directa al comercio asiático— y la estación espacial china instalada en Bajada del Agrio, en la provincia argentina de Neuquén. Este complejo, que ocupa unas 200 hectáreas en la Patagonia, está operado por la Agencia China de Lanzamiento y Control de Satélites, dependiente del Ejército Popular de Liberación. Para muchos analistas occidentales, su carácter dual —civil y militar— plantea interrogantes sobre su posible utilización con fines estratégicos. La dimensión energética también forma parte de esta ecuación. En 2025, Venezuela suministró entre el 3,3% y el 3,5% de las importaciones petroleras totales de China, mientras que Irán aportó cerca del 13%. Estos flujos consolidan la interdependencia entre Pekín y algunos de los principales adversarios de Washington. El ascenso militar chino Aunque la expansión internacional de China se ha apoyado sobre todo en el comercio y la inversión, Pekín no ha descuidado el desarrollo de su poder militar. En los últimos años ha modernizado de forma acelerada su marina y su aviación naval, ampliando su capacidad de proyectar fuerza en el mar de China Meridional y en las rutas marítimas que abastecen su economía. La inauguración de su base naval en Yibuti, en el estratégico Cuerno de África, fue un símbolo de ese cambio de escala. Desde entonces, la presencia naval china en el Índico y el Pacífico occidental ha aumentado de manera constante, generando preocupación en países como Japón, Corea del Sur y Taiwán. La respuesta de Trump Ante lo que considera una amenaza existencial para la hegemonía estadounidense, Donald Trump ha optado por una estrategia directa: reforzar a sus aliados, debilitar a la coalición rival y reconfigurar el sistema internacional en términos más favorables a Washington. Su discurso inaugural ya contenía señales de esa orientación. Entre ellas destacaban su interés por adquirir Groenlandia y por reforzar el control estadounidense sobre el Canal de Panamá, dos enclaves estratégicos para las rutas comerciales y militares del Atlántico Norte. Al mismo tiempo, exigió a los países de la OTAN un aumento sustancial de su gasto en defensa, advirtiendo que Estados Unidos podría reconsiderar su compromiso con la seguridad europea si los aliados no asumían una mayor parte de la carga. La insinuación de que Washington podría retirar su “paraguas nuclear” sobre Europa provocó inquietud en varias capitales del continente. Trump también marginó a los gobiernos europeos de las principales negociaciones internacionales, especialmente en los conflictos de Ucrania y Oriente Próximo, reforzando un estilo diplomático basado en decisiones unilaterales. Del multilateralismo al bilateralismo La política exterior estadounidense experimentó así un giro significativo: el abandono del multilateralismo tradicional en favor de acuerdos bilaterales o coaliciones ad hoc. En enero de 2026, Washington promovió la creación del Board of Peace (Junta de Paz), un foro internacional destinado a coordinar iniciativas de seguridad, mediación en conflictos y reconstrucción en zonas de guerra. Entre sus miembros iniciales figuraban varios líderes cercanos ideológicamente a Trump, como el presidente argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el ecuatoriano Daniel Noboa y la primera ministra italiana Giorgia
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