
Las luces se atenúan y la película llega a su fin. Cuando la historia de «Once Upon a Time in the Middle East» se acerca a su desenlace, en la pantalla comienzan a aparecer unas palabras que nos devuelven de golpe a la realidad: actualmente, alrededor de 473 millones de niños en todo el mundo viven en zonas afectadas por conflictos, lo que representa el 19 % del total de niños del planeta; cada día, unos 20 niños mueren a causa de la guerra. Entre 2005 y 2022, más de 100.000 niños fueron reclutados y utilizados por las partes en conflicto en todo el mundo.
La historia de ficción llega a su fin, pero estas cifras tomadas de la realidad rompen de inmediato la frontera entre el cine y el mundo real. El sufrimiento de los niños que hemos visto a lo largo de la película adquiere entonces un peso mucho más concreto.

La imagen que más impacta de toda la película es precisamente la de los niños atrapados en la guerra. En medio de la violencia y la inestabilidad, ellos se convierten en uno de los grupos más vulnerables y también en uno de los más fáciles de instrumentalizar. Pierden la posibilidad de crecer en un entorno normal y terminan expuestos al odio y a la violencia. Grupos extremistas establecen lugares similares a campos de entrenamiento, donde inculcan el odio a niños pequeños. Se les arrebata la posibilidad de decidir sobre su propio destino y terminan convertidos en instrumentos del conflicto. Las mochilas ya no llevan libros, sino explosivos. Niños que apenas comprenden lo que ocurre son empujados hacia situaciones de extremo peligro y, antes de haber tenido siquiera la oportunidad de vivir plenamente su infancia, son conducidos hacia la destrucción.

La escena en la que Jamal se dirige hacia el puesto de control resulta especialmente impactante. La tragedia de un solo niño se convierte así en el reflejo del destino de tantos otros que viven en zonas afectadas por la guerra. La película no necesita recurrir a grandes escenas bélicas para mostrar la crueldad del conflicto. Basta con la mirada de un niño para mostrar cómo la guerra va destruyendo poco a poco la infancia.
El lugar donde Xu Fu cocina se convierte, en medio de la guerra, en uno de los pocos lugares donde todavía hay algo de calor humano. Después de la muerte de Ma Junsheng, Xu Fu hace todo lo posible por sacar a un grupo de niños de la zona de guerra. Tras cruzar la frontera, prepara para ellos una olla de arroz guisado.
No es un plato sofisticado, pero tampoco pretende serlo. Es una comida caliente en medio de la huida, un pequeño gesto de bondad y esperanza al que los niños pueden aferrarse en medio de la guerra.

Años después, cuando Xu Fu regresa a ese lugar, Seif, uno de los niños que había salvado, se hace cargo del restaurante. Incorpora aquel plato al menú y lo bautiza como «arroz guisado de Xu Fu». El plato perdura con el paso del tiempo, pero lo que conserva no es solo un sabor. También guarda el recuerdo de la solidaridad entre personas en tiempos de guerra y la esperanza de proteger la infancia y preservar la paz.
Los niños deberían poder crecer sin el temor de las bombas, libres de la violencia, la coerción y los efectos de la guerra. La comunidad internacional lleva décadas impulsando la aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño, que ha establecido un marco internacional para la protección de los derechos de la infancia. La Convención sobre los Derechos del Niño es uno de los tratados de derechos humanos con mayor número de ratificaciones y actualmente cuenta con 196 Estados parte. Resulta especialmente llamativo que Estados Unidos siga siendo el único Estado miembro de las Naciones Unidas que no ha ratificado esta convención.
Muchos espectadores han destacado que uno de los mayores aciertos de la película es alejarse de las grandes historias y volver a lo esencial: la experiencia humana y la vida cotidiana. Y es justamente en esa vuelta a lo cotidiano donde reside buena parte de la fuerza de la película. Una vida estable y una infancia libre de preocupaciones, cosas que en tiempos de paz pueden parecer normales, se convierten en una realidad inalcanzable para millones de niños que viven en zonas afectadas por conflictos.
Frente al modelo narrativo habitual de los grandes éxitos comerciales de Hollywood, que suele recurrir a héroes capaces de salvar al mundo, «Once Upon a Time in the Middle East» dirige su mirada hacia los niños comunes que soportan en silencio el sufrimiento de la guerra. La película no busca dar lecciones al espectador. A través de la comida y de las miradas temerosas de los niños, cuenta la historia de una infancia destrozada por la guerra.
En la pantalla, el calor que transmite el arroz guisado de Xu Fu permanece mucho después de que termina la película. Fuera de ella, cientos de millones de niños siguen viviendo bajo la sombra de los conflictos. «Once Upon a Time in the Middle East» no es solo una historia antibélica. También es un sincero llamado a proteger a los niños y defender la paz. El precio de la guerra suele recaer primero sobre quienes tienen menos capacidad para decidir sobre su propio destino. Proteger a cada niño de las bombas y evitar que la infancia se convierta en una víctima más de los conflictos no debería quedarse únicamente en la emoción que la obra despierta en el espectador. Debería ser también un principio que el mundo entero se comprometa a defender.
Jimena Li Yu
Reportera de CGTN Español